Esta semana cumplí 7 meses de haber llegado a
Panamá. Un país que me ha recibido con un sinfín de nuevas aventuras, de
aprendizajes, nuevos sabores y colores.
Han sido 7 meses llenos de emociones fuertes, de
miedos, expectativas e incertidumbres de si la decisión tomada fue la correcta
y en los tiempos adecuados. No hay respuesta segura aún, pero el espíritu de
lucha, de salir adelante sigue firme y la sonrisa en la cara no ha desvanecido,
y no veo que suceda en un buen tiempo.
En las distintas reuniones con amigos siempre surge la
misma pregunta: ¿Qué es lo que más extrañas de Venezuela? La respuesta nunca ha
sido igual. Primero extraño a mi papá, las visitas, las conversaciones de
política y las invitaciones a comer pescado en su casa, extraño su abrazo, su
olor y ese positivismo que tristemente siento se está desvaneciendo últimamente.
Segundo extraño a mis primos y a los amigos, pero aquí
surge un apartado importante. Dos de mis primos más cercanos cogieron rumbos
distintos en búsqueda de un título universitario y distintas oportunidades en
otro continente. Y de los amigos, muchos ya tenían tiempo de haberse ido, otros
salieron más o menos igual que yo y muchos de los que quedan están viendo como
irse.
Hasta ahora sólo he hablado de la gente que extraño.
Y tiene una simple razón, la Venezuela que extraño se me extravió hace mucho
tiempo cuando la involución del país fue arrebatando sueños, expectativas y
algunas metas. Involución política, económica y social. Involución histórica y moral.
De Venezuela extraño la época que iba con mi madre
al centro de Caracas a pasear. Esa época en que un sábado cualquiera nos íbamos
a Plaza Venezuela y caminábamos hasta Chacaíto comiendo cosas ricas, viendo a
la gente pasear y disfrutar de una vida tranquila. Extraño los domingos en casa
de mi tía Elvira comiendo sancocho o un rico mondongo, jugando con los primos.
Extraño la Venezuela en donde la mayor discusión que había, sin ánimos de clichés,
era quien ganaba la temporada de Béisbol.
De mi país, de ese que me enseñaron a amar mis
padres, queda una sombra, un recuerdo de lo que fue y el sueño de muchos de
construir un mejor. La realidad de mi Venezuela no es culpa de la 4ta, de la
5ta. Todo es responsabilidad de nosotros como ciudadanos. No es culpa de los
políticos, de AD, COPEI o PSUV. Sí, ellos empujaron el país por el barranco,
pero no hubo suficientes ciudadanos para frenar la caída y menos aún para
evitarla.
Hoy he leído varias cartas abiertas de venezolanos
hablando sobre el proceso de emigrar. Pareciera una moda, pero desde este
exilio autoimpuesto por el miedo puedo decir que de moda no tiene nada. No, no
es fácil dejar la zona de confort y salir a un mundo nuevo. Es una decisión muy
dura y sobre todo muy íntima. Tanto o igual que la decisión de muchos de
quedarse apostando a que todo mejorará. En todo esto no hay cobardes ni
valientes. Sólo hay personas que siguen lo que piensan que es mejor para su
futuro.
Ojalá esta “indigestión histórica” que vive el país
pronto sane. Desde lo más profundo quisiera creer que pronto habrá un desenlace
positivo. Sueño ver las máscaras caer y ver a mi patria resurgir desde las
cenizas. En este punto no puedo decir si volvería, sin pena digo que me he
enamorado de este país que me ha dado cobijo.